Éxodo 4:24-26: «Ya en el camino, el Señor salió al encuentro de Moisés en una posada y estuvo a punto de matarlo. Pero Sephora, tomando un cuchillo de pedernal, le cortó el prepucio a su hijo; luego tocó los pies de Moisés con el prepucio y le dijo: “No hay duda. Tú eres para mí un esposo de sangre”. Después de eso, el Señor se apartó de Moisés. Pero Sephora había llamado a Moisés «esposo de sangre» por causa de la circuncisión.
¿Quién era Sephora en la Biblia?
Sephora la Madianita era descendiente de Madián, hijo de Abraham con su tercera esposa, Cetura. En hebreo, su nombre significa «pájaro» o «pajarito». La primera vez que encontramos a Sephora —quien luego se convertiría en esposa de Moisés— fue junto a un pozo, en su ciudad natal de Madián. Junto a ese pozo, se había encontrado ella con Moisés, cuando él huía de Egipto y del juicio del faraón, después de haber asesinado a un egipcio (Éxodo 2:15-22).
Sephora y sus seis hermanas se ocupaban de sus tareas diarias de sacar agua y dar de beber al rebaño de su padre. Moisés estaba sentado junto al pozo cercano, sin duda vestido, pintado y hablando como un dignatario egipcio. Cuando pastores locales expulsaron a las hermanas del pozo en un acto de violencia de género, Moisés se levantó en su defensa y dio de beber a los rebaños del padre de ellas. Al regresar a la casa de su padre, las hermanas informaron del incidente del extraño «egipcio» que había acudido en su ayuda. En agradecimiento, el padre las instó a regresar y traer al amable «egipcio» Moisés a su aldea. Poco después, Sephora se convertiría en esposa de Moisés.
Sephora solo aparece tres veces en las Escrituras: la primera vez, junto al pozo (Éxodo 2); la segunda vez, durante el viaje a Egipto (Éxodo 4); y finalmente, en el desierto, cuando Jetro —su padre— fue al encuentro de Moisés acompañado por ella y sus hijos (Éxodo 18). De sus tres apariciones en el texto, ella solo habla una vez, en Éxodo 4. Finalmente, Sephora es reemplazada por la segunda esposa de Moisés, una mujer cusita.
Ahondando en el tema
El largo viaje en burro en el camino a Egipto dejó a Séfora, Moisés y sus dos hijos con ganas de un buen descanso nocturno. Durante la noche, la mano de muerte de Dios vino contra Moisés y «trató de matarlo» (Éxodo 4:24).
¡Espere! ¿Qué? Dios acababa de darle a Moisés la tarea de regresar a Egipto y exigir que el faraón liberara de la esclavitud a los hebreos. Es más, Dios se acababa de revelar a Moisés y había demostrado un gran poder en él y a través de él. ¿Por qué querría Dios matar a Moisés?
Cualquiera sea la razón, Séfora tuvo que pensar y actuar rápidamente para salvar la vida de su esposo. Su respuesta a la muerte inminente de él fue realizar la circuncisión de su hijo y arrojar el prepucio a los pies de Moisés. Para comprender esta escena, se necesita cierta información de fondo.
Entonces, retrocedamos.
Cuando Sephora y sus hermanas vieron a Moisés por primera vez, pensaron que era egipcio, y en muchos sentidos tenían razón. Moisés había estado en la casa de Faraón en Egipto desde su infancia. Sus gestos y costumbres fueron moldeados por su educación egipcia. De hecho, lo más probable es que soñara en el idioma del Faraón. Todo en él era egipcio, excepto por una cosa. A diferencia de sus compañeros egipcios, estaba circuncidado. La circuncisión no era la misma práctica médica que es hoy, sino una señal del pacto que Dios había hecho con Abraham y sus descendientes. Sephora le había dado a Moisés dos hijos, pero él había fallado en cuanto a cumplir con ese rito. Egipto había hecho que Moisés olvidara sus raíces —su identidad— como descendiente de Abraham. ¡Ay, se había olvidado de su sangre!
Cuando Sephora anticipó la muerte de Moisés por mano del Señor, en una fracción de segundo tomó la decisión de circuncidar a su hijo y arrojar su prepucio a los pies de su esposo. Esta debe ser la escena más sangrienta en el libro del Éxodo desde la masacre de los niños varones hebreos en el capítulo 1. No obstante, tiempo después se vería rivalizada, ya que los primogénitos egipcios fueron heridos de muerte en la última plaga, cuando se untó la sangre de los corderos en los postes de las puertas de las casas hebreas en la primera Pascua, y con el mar ensangrentado cuando las aguas se cerraron sobre el ejército egipcio.
«Eres un esposo de sangre», declara Sephora mientras arroja el prepucio a los pies de Moisés. Con la fuerza de Mufasa —de El Rey León— hacia su hijo, Simba, las acciones de Sephora rugen: «Recuerda quién eres». Tú, Moisés, eres del linaje de Abraham. Como tal, deberías haber circuncidado a tu hijo poco después de su nacimiento. Recuerda quién eres; eres un esposo de sangre. La parafernalia de la casa de Faraón facilitó que Moisés olvidara el sacrificio de Abel, el carnero que salvó a Isaac y la sangre hebrea que corría por sus venas. Estas personas a las que iba a salvar eran su propio pueblo, el pueblo elegido por Dios mediante sangre.
Para completar su encargo, Moisés tenía que morir. Al menos, el egipcio que había en él tenía que morir para que el «sanguinario» israelita Moisés, en su verdadera identidad, cumpliera el propósito para el que había nacido. Mediante sus acciones de pensamiento rápido, Sephora evocó el pacto y lo manifestó para que Moisés recordara sus raíces. Si iba a Egipto para liberar a su pueblo, su identificación con Egipto tenía que morir. La carne y la sangre en las manos de su esposa Sephora no dejarían que Moisés lo olvidara.
Ella es llamada, y nosotros somos llamados
La iglesia está casada con un esposo de sangre. La Navidad nos advierte que la carne y la sangre son importantes para Dios. La Semana Santa nos arrastra de mala gana por el sangriento camino del Gólgota. El Jueves Santo nos lleva a una mesa ensangrentada y a un jardín donde Judas Iscariote tiene las manos manchadas de sangre. Sangre y agua fluyen del costado del novio en esos últimos momentos en la cruz. Después de la resurrección, Jesús invitó a Tomás a tocarlo en las partes ensangrentadas, su mano y su costado. Nosotros que estamos en Cristo no podemos negar el sacrificio, el dolor, la vida misma que corre por nuestras almas en la sangre de Cristo, nuestro Señor resucitado.
Debemos recordar quiénes somos —la esposa de Cristo—; circuncidados en nuestro corazón, muertos al pecado; nuestra carne es perpetuamente arrojada a los pies de Jesús en confesión y arrepentimiento. Eso es lo que somos: muertos por nuestros pecados y vivos por Cristo, por su vida y por su sangre.
Sephora nos alcanza a través de los siglos para señalar la mesa del Señor, la carne y la sangre del nuevo pacto. Cada vez que nos reunimos para la comunión, sus palabras deben decirse junto con las de Moisés: «Sí, Jesús, eres un Esposo de sangre».
A primera vista, la relación entre Sephora y Moisés parece el cuento familiar del muchacho que rescata a la chica. Sephora y sus hermanas junto al pozo, parecen demasiado débiles para defenderse de la amenaza de los pastores locales. Y aquí viene Moisés al rescate. Naturalmente, este hombre que rescató a estas jóvenes vulnerables podría ser un buen candidato para una de las hijas del sacerdote de Madián… Y fueron felices para siempre.
Pero no; esto no es un cuento de hadas patriarcal, y Sephora no es una damisela en apuros. Si bien antes fue beneficiaria de la bondad masculina, después intervino para salvar la vida del patriarca. La historia de Sephora siempre debe contarse junto con la de Moisés, porque sin ella, él seguramente habría muerto antes de regresar a Egipto, aún sin tener en claro su verdadera identidad.
Conclusión
Hay cosas en la cultura, en la sociedad y en este mundo que naturalmente se adhieren a nosotros y disfrazan nuestra verdadera identidad. A veces son nuestras profesiones, nuestro apellido o nuestras tradiciones lo que tanto forma parte de nosotros que olvidamos el recordatorio de Pablo de que «nuestra ciudadanía está en el cielo» (Filipenses 3:20), y nuestra identidad está oculta en Cristo.
Al reflexionar sobre el testimonio de Sephora, consideremos esto:
El término hebreo que se traduce como «recordar» nos invita a enfocarnos en algo hasta que nos lleve al arrepentimiento. Pídale a Dios que le ayude a recordar los lugares y las cosas de su vida que ha anexado a su identidad. ¿Cómo puede haber permitido que estas cosas triunfaran sobre su identidad en Cristo? Pídale a Dios que le revele estos lugares y / o cosas. Confiese y arrepiéntase.
Sephora nos urge a recordar quiénes somos en Cristo. Se nos insta a morir a todas nuestras falsas identidades y a recordar nuestra verdadera identidad como hermanos de carne y sangre del Esposo.

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